900 901 450 / 637 637 637 - Teléfono gratuito

“ … Accidente … Indemnización … Suerte … Silla … “ Tina Pérez estaba volviendo en sí, pero las voces de su alrededor no dejaban de gritar nerviosas entre sí. ¿Qué me pasa?

***

Tres años atrás, Tina miraba el cartel de “Plan de Salida de Emergencia” que había colgado en el interior del ascensor del bloque de apartamentos donde vivía. Cada mañana, antes de salir al colegio contemplaba ese cartel y siempre encontraba nuevos obstáculos para que sus padres escapasen del edificio en caso de emergencia. Era frustrante, pero ¿qué iba a hacer una niña de 16 años al respecto?

En el colegio siempre se sentaba al lado de la ventana. Desde ahí podía ver la autopista que rodeaba a toda la ciudad. Era una chica muy inquieta. Cada vez que veía un buen coche dejaba volar su imaginación. Se levantaba en medio de clase, cogía la mesa del profesor y con todas sus fuerzas la lanzaba contra la ventana haciendo que estallase en pedazos. Sin esperar a la reacción de sus compañeros o del profesor, pegaba un gran salto para colgarse del árbol y bajar por el tronco hasta el suelo. Entonces corría como una liebre, saltaba la verja del recinto del colegio con la habilidad de una lagartija y se subía a ese gran coche para perderse en la carretera.

Todo eso aparecía en su cabeza, cada día con una escapada diferente. Pero en la vida real, lo único que pasaba es que su pierna temblaba nerviosa y su ansia por cumplir los 18 años aumentaba hasta límites insospechados. Por las tardes trabajaba en una panadería del barrio donde trataba de ahorrar el dinero necesario para comprarse un coche dos años después. Todo en su vida giraba en torno a los coches, pero era una pasión que se esfumaba al volver a casa.

Sus padres estaban en silla de ruedas desde que Tina era un bebé. Ellos eran unos padres estupendos y siempre estaban alegres y optimistas, pero tenían un punto débil, un tema tabú que era imposible tratar con ellos. Ambos habían sido moteros de pura cepa. Su madre fue la primera en sufrir un accidente semanas después de dar a luz. Un pequeño despiste colocándose el casco le impidió ver que el coche de delante estaba girando sin poner el intermitente. El accidente le dejó sin movilidad de cintura para abajo y con los brazos retorcidos y con movilidad reducida. Por suerte, ella seguía siendo la misma mujer sonriente y muy muy habladora que había sido siempre. Su padre sufrió un accidente semanas después cuando un autobús dio un volantazo delante de él. Le amputaron una pierna y perdió casi toda la movilidad a partir de la cintura.

Cada vez que salía en la televisión algo relacionado con coches o motos, cambiaban de canal rápidamente. Cualquier cosa que tuviese que ver con la carretera era Ellos le decían a Tina con tono amable que era por su bien, para que no sufriese. Pero ella sabía que en realidad, nunca se habían repuesto de sus accidentes.

Ese día Tina les dijo que estaba ahorrando para un coche.

Sus padres se miraron. No sabían que decir. Durante toda la infancia de Tina habían tratado de evitar ese momento. Y había llegado antes de lo previsto. Evitaron hablar del tema.

Para Tina ese momento significó un grandísimo paso hacia delante. Llevaba mucho tiempo pensando en las palabras correctas. Tal era su emoción por haber sido sincera con sus padres que salió corriendo de casa, arrancó el cartel del ascensor y fue directa hacia la casa del presidente de la comunidad. En el cartel había marcado con un círculo cada uno de los obstáculos que sus padres tendrían que sortear en caso de emergencia. Había 10 círculos. El presidente de la comunidad se quedó atónito al ver tantos círculos fosforescentes y pronto inició los trámites para conseguir remodelar el edificio.

Fue la primera vez que conseguía hacer algo para ayudar a sus padres. Con 16 años. Tina había encontrado su vocación.

Tres años después, la mala suerte que había heredado de sus padres actuó mientras iba de camino a la universidad. En plena autopista, un niño que jugaba con su hermano se cruzó en su camino obligándola a dar un giro brusco. Su bonito coche plateado se quedó encajado en la rueda de un camión hasta salir despedido hacia atrás con varias vueltas de campana.

Cuando recuperó la consciencia oía a sus padres hablar con el médico. Más que hablar, gritaban. Todos sus mayores temores de habían convertido en realidad. Tina se había quedado sin movilidad de cintura para abajo y le habían amputado a un brazo hasta la altura del codo.

Cualquier persona se hunde en estas circunstancias, y no fue menor el caso de Tina. Ella sabía que había tenido mucha suerte por salir viva del accidente, pero aun así sentía que todos sus planes de vida se habían esfumado. Sin embargo, tan solo dos semanas después se dio cuenta de que nada había cambiado.

Sí, estaba en una silla de ruedas, pero había convivido toda su vida con sus padres que también lo estaban. No era una situación tan extraña para ella. Sí, tendría que aprender a conducir un coche especial, pero había superado el miedo a los coches rápidamente, al contrario que sus padres. Y, por supuesto, su vocación por utilizar la ingeniería para mejorar la vida de las personas con silla de ruedas estaba completamente intacta. De hecho, su fuerza y su capacidad de esfuerzo se habían reforzado.

Además, consiguió algo que sus padres no habían conseguido. Ellos, nada más tener el accidente quisieron olvidarse de lo que había pasado y aceptaron la primera indemnización que les ofreció la aseguradora. En estos casos, la indemnización siempre es muy elevada, por lo que siempre da la impresión de que la aseguradora está siendo justa con la víctima. Sin embargo, Tina tuvo la gran suerte de que un amigo suyo de la universidad estaba trabajando en un despacho de abogados especializados en accidentes de tráfico. Tras varias consultas descubrió que Tina merecía una indemnización de hasta el triple de lo que la aseguradora le había ofrecido. Esta cantidad incluso superaba el millón de euros. La mayoría de este dinero se destinó a cubrir el tratamiento posterior al accidente, pero pudo ahorrar una parte de la indemnización para sus futuros proyectos.

Tras muchos años de estudios, de investigación y de esfuerzo, consiguió muchísimos avances a favor de la movilidad de las personas en sillas de ruedas. Inventó un mecanismo para subir escaleras automáticamente al engancharse a una barandilla; creó sillas de ruedas que diesen masajes para favorecer la circulación de la sangre; creó mejoras en la silla para fomentar el deporte y muchas cosas más gracias al apoyo económico de la indemnización por su accidente.

Pero, sin lugar a dudas, lo que más ilusión le hizo fue crear una moto especial para sus padres. Fue un trabajo muy duro porque tuvo que compensar toda la fuerza que se hace en las piernas con mecanismos que no existían aún. También resultó muy duro convencer a sus padres para que probasen la moto. Ella misma les hacía demostraciones de lo seguro que era.

Tras varios meses, fue la madre de Tina la que se animó a probarla. Nada más subirse y sentir el motor rugiendo y el olor a gasolina, una parte de su cerebro que llevaba décadas dormida se despertó y no volvió a dormirse nunca. Volvía a ser una motera. El padre de Tina no tardaría mucho en unirse.

Desde entonces, todos los domingos Rita y sus padres cogen sus motos y viajan por los rincones del país intentando recuperar el tiempo perdido.